Edicion : A sábado, 18 de noviembre de 2017 Edicion Archivada

Opinión

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Por : José I. Delgado Bahena 

Dios bendiga a las reinas

Sector 7

Entre mis manos quedó su último suspiro,/ y en silencio se fue, sobre las nubes, en busca de su caballero./ Era una reina noble, su palabra suave rimaba con su corazón sincero./ Su mirada generosa iluminaba los senderos de sus hijos inquietos./ Cuando partió, le tomé una mano y deposité en ella un beso de agradecimiento;/ no supo más, se entregó a Dios en un tranquilo sueño./ Era una reina de oro. Muchos la amamos y lo seguiremos haciendo./ Dios bendiga a la reina que una mañana fresca se fue en busca de su caballero.
El párrafo anterior, es un texto poético que publiqué recientemente en las redes sociales para referirme a la gran mujer que fue mi madre: Bricia Bahena Piedra. Se los comparto por motivo de su reciente partida y les confieso que me congratulo de haber tenido como madre a tan esplendoroso ser humano a quien le llamé “mi Reina”.
Pero, sinceramente, les hablo de ella no con el abuso de tener este espacio que me permiten en este Diario, sino como un pretexto para reflexionar sobre un tema que nos debe interesar a todos: la educación en el hogar.
Es que, efectivamente, como he afirmado en otras ocasiones: la educación comienza en la familia. Con frecuencia se escuchan frases como: “La educación está por los suelos”, “El gobierno no hace nada por mejorar a la sociedad”, “Las religiones están perdiendo credibilidad” y muchas otras que tienen el afán de buscar culpables de la degradación de la sociedad, cuando, sin lugar a dudas, los responsables están en los hogares.
Mire: le mencioné a mi madre por poner un ejemplo; pero, claro está, la función del padre también es importantísima; no sólo como proveedor de lo material en el hogar, sino también debe ser orientador, conductor y ejemplo para los hijos.
Lo que le quiero decir es que mis padres fueron todo eso. Y estoy seguro de que aún hay muchísimas familias que mantienen esta línea de formación valoral que propicia la posibilidad de tener seres humanos íntegramente formados, con suficientes cualidades que les permitan convivir armónicamente con los demás.
Pero, discúlpeme que insista, hablar de mi reina, o doña Bicha, como la conocían en el pueblo, es referirme a una mujer sacrificada por sus hijos. Trabajó, desde muy chica, siendo casi una niña, apoyando a las personas que echaban tortillas (les llamaban “molenderas”), y llevaba la comida a los hombres del campo, caminando y cargando las canastas. Ayudaba en el aseo u otras labores caseras a familias de Tomatal y de Iguala. Apoyó a mi padre en las labores del campo y, después de reunir un poco de dinero, compraba y revendía pan, petróleo y golosinas. Además, planchaba y lavaba ajeno, compraba el producto de los guajes, que abundaban en el pueblo, y se iba al mercado de Iguala, a sentarse en una de las banquetas, con un chiquihuite frente a ella.
Recuerdo… cuando yo estudiaba la secundaria, en la ESPI, mi madre encargaba su chiquihuite, compraba un bolillo, requesón y un chile jalapeño, para improvisarme una torta y me la llevaba a la escuela. ¡Qué sabroso almuerzo!
Nadie como ella para preocuparse por nosotros, sus hijos, para que estudiáramos. “No les vamos a poder pagar la escuela…”, se lamentaba mi padre, reconociendo las limitaciones en las que vivíamos y lo escaso de los recursos económicos, siendo él campesino y “filarmónico”. “Yo te ayudaré”, le dijo mi madre con decisión, y lo logró. Todos estudiamos para maestros y, gracias a Dios y a ellos, nos preparamos para enfrentar las responsabilidades de nuestros propios hogares.
Después, mi padre tuvo la genial idea de repartir, entre todos los hijos, un terreno de siembra, cerca del hogar paterno, y nos mantuvo unidos en torno a ellos.
Al faltar mi padre, Feliciano Delgado, nos congregamos alrededor de la figura materna de mi reina para apoyarla en lo precario de su salud y en sus demás necesidades.
Ahora puedo decir, con orgullo, que ellos, mis padres y, sobre todo, mi reina, fueron los artífices de este proyecto de familia que somos: unidos, solidarios, responsables y respetuosos.
Aprovecho para agradecer a quienes, de una manera o de otra, nos han apoyado en este trance que estamos pasando por la despedida de nuestra madre. Así mismo, para invitarlos a los rezos que, todavía, hoy y mañana, se llevarán a cabo en domicilio conocido de El Tomatal, a las 19:00 hrs. Igualmente, para los actos religiosos tradicionales de mi pueblo, este lunes, 14 de agosto: a las seis de la mañana, el “rezo del alba”; a las ocho, la misa en la cuasi-parroquia de Padre Jesús, y a las cuatro de la tarde la levantada de cruz de “la Reina”.
¡Dios bendiga a mi Reina y todas las reinas que forman buenos hijos!

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